lunes, 8 de diciembre de 2008

Negombo y Vayangoda, Sri Lanka


Cuando llegamos a Sri Lanka el 6 de diciembre a la 1:00am, no teníamos idea de qué hacer o adónde ir. Nuestra compañera de puesto en el avión nos dio unos mínimos tips y terminamos cuadrando un paquete con un tipo del ministerio de turismo.

Estábamos exhaustos tras desocupar el apartamento de Singapur y no habíamos dormido ni seis horas en los últimos dos días (y después de recoger las cajas tampoco nos dio tiempo de bañarnos, así que no olíamos muy bien). Lo más cercano al aeropuerto era el pueblo de Negombo, conseguimos un hotel un poco caro pero compensaba la vista al mar (les debemos las fotos, aún no hemos podido bajarlas, pero han salido algunas excelentes).

Por un error en el cálculo de las horas, nos paramos a las 11 am creyendo que eran las 3 pm y llamamos a Venezuela calculando que eran las 8 am allá cuando en realidad eran las 4 am (¡ups!). Sin embargo, eso ayudó a que nos rindiera el día. Sebastian, un conductor de tuk-tuk, nos sirvió de guía y nos explicó bastante sobre la situación en Sri Lanka (y nos clavó en el alma). Conocimos la cárcel (por algún motivo, a uno lo llevan para allá como si fuera una atracción turística) y en frente vimos a un encantador de serpientes con dos cobras (¡¡¡las fotos...!!!). El sonido de una cobra molesta realmente puede producir pesadillas, el siseo transmite la cólera del animal, que nada más con los ojos ya te quiere matar (porque los colmillos se los sacaron, truco número 1 de los encantadores). Fuimos a un templo budista donde nos explicaron cómo identificar si el buda acostado está muerto o dormido: si los pies estan separados, fácil, estiró la pata; y si los ojos están entreabiertos no está precisamente durmiendo. Tienen un jardín de hierbas medicinales junto al templo y venden los más variopintos menjurjes que curan desde la caspa hasta la malaria, pasando por la artritis y el exceso de vellos en lugares no deseados. Los precios no son precisamente solidarios y los infinitos zancudos que abundan en el jardín pueden producirte la mitad de las enfermedades que promocionan curar.

Negombo, como buena parte de los pueblos costeros del sur de Sri Lanka, tiene una alta proporción de católicos, convertidos durante la colonia portuguesa en el siglo XVII. Por las calles hay cientos de estatuas de santos católicos, el corazón de Jesús y la Virgen. Por eso nos llevaron a una iglesia católica, muy por el estilo de las que hay en latinoamérica. Montones de personas pidiendo en la calle también pueden hacernos recordar nuestra tierra.

Aunque le pedimos a Sebastian que nos llevara a Colombo, la capital, nos convenció de que lo mejor era ir a Kandy a la mañana siguiente (lo que terminó por dañarnos toda la ruta y tuvimos que sacrificar varios lugares), por lo que nos dejó en el pueblito de Vayangoda, donde no hay nada resaltante excepto la estación de tren que nos llevaría a Kandy. Nos quedamos en un hotel bastante agradable, pero era obvio que los mesoneros no estaban acostumbrados a turistas extranjeros, nos veían con asombro y nos rodeaban interesados en conversar de cualquier cosa, aunque su inglés no fuese el más comprensible y dijeran que sí a todo porque, obviamente, no nos entendía ni papa.

Al final nos acostamos muy temprano, luego de tomarnos un par de Lion Lagers, la cerveza nacional de Sri Lanka, que no sabe a nada pero refresca mucho.

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