Los horarios del tren parecen ser como las predicciones del clima. En Veyangoda debíamos tomar el tren a Kandy a las 5:45am, por lo que logramos la proeza de pararnos a las 5:15am y correr seis cuadras con los morrales (el de Cris pesa
Cuando llegamos a Kandy conocimos a un guía turístico que manejaba una van. Él mismo nos llevó a la casa de un médico y su esposa que rentan un cuarto a turistas y les sirven desayuno. Kandy tiene algunos edificios interesantes, sobre todo el templo de la reliquia del diente de Buda, en la orilla de la laguna que está en el centro. Sin embargo, como todo lo que hemos visto en Sri Lanka, sigue siendo bastante pobre y los conductores de tuktuks le caen a uno como moscas ofreciéndoles cualquier cosa y con cuentos fantásticos sobre los planes que uno tenga y no los incluyan a ellos.
Pero estuvimos poco tiempo en la ciudad. Dejamos las maletas y nos fuimos con el mismo guía al orfanato de elefantes, donde te cobran por respirar y te piden propina por parpadear.
Pero hay infinidad de elefantes, en su mayoría muy jóvenes pero también algunos adultos enfermos (hay uno ciego y uno mocho).
Almorzamos el tradicional arroz con curry sri lankés
(gentilicio recién inventado) frente a un río donde se bañan los elefantes. Estaba muy bueno pero algo picante (el arroz con curry, no los elefantes). El paisaje es como de Jurassic Park.
De regreso a Kandy paseamos por la universidad, un campus enorme y bien interesante, pero estaban de vacaciones y no había casi ninguna actividad. Terminamos en el centro de la ciudad viendo los bailes tradicionales, un espectáculo carnavalesco con acrobacias, imitaciones de cobras, tambores y caminatas sobre el fuego. Fue allí donde vimos por primera vez al resto de los turistas, que nos habían eludido hasta entonces.
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