martes, 13 de enero de 2009

Amigos y Enemigos (I)


Shenzhen, Hong Kong, Macu, Shanghai, Suzhou, Huangshan, Xidi, Hangzhou, Beijing, Xi’an y Guangzhou. La China completa en un mes. La China recorrida de norte a sur a finales del 2008 y de sur a norte a principios del 2009. Todavía cuesta creerlo.

El anterior no es sólo un listado para acordarnos de todos los lugares que visitamos, ni tampoco es para satisfacer el purismo que invade a algunos cuando uno intenta pronunciar el mandarín. No. Lo anterior es para poder afirmar, con un conocimiento de causa probado, que el país más poblado del planeta tiene, en su mayoría, gente buena.

Durante el recorrido nos encontramos con personas de todos los talantes y temperamentos. Desde los niños impresionados que nos miraban con asombro en los trenes, hasta los ancianos que hacían imitaciones toscas del español al oírnos hablar, la mayoría de habitantes con los que nos topamos fueron receptivos y amables.
No obstante, más de una vez la amabilidad de las personas era correspondida con erradas presunciones de nuestra parte. Por ejemplo, en la estación de ferris de Macau, Julio intentó pedir algo de tomar refrescante, con gas, frío, sin azúcar y, de ser posible, sin cafeína. Luego de 25 minutos de dibujos, señas, interpretaciones de propagandas, eructos descafeinados y otras humillaciones, el vendedor le preguntó a Julio en un inglés británico intachable si quería una gaseosa dietética o si estaba sufriendo de un ataque de epilepsia.

También duramos casi un cuarto de hora dando a entender lo que “foggy” significaba, sin ningún resultado “visible”. Lo único nublado era la conversación. Nuestra interlocutora, por supuesto, sabía hablar un inglés muy acertado, pero nunca entendió nuestra pronunciación. En conclusión: muy poco chino habla inglés y nosotros hablamos un inglés un poco cochino.

A pesar de la dificultad idiomática, logramos viajar gracias a la gente que se interesó por interpretar nuestros gestos. Pero, debemos reconocerlo, también nos encontramos con individuos que no se esforzaban por interpretar nuestra jerigonza. Además, hubo otros que hacían su mejor intento por hacernos pasar un mal rato. Estos fueron nuestros enemigos chinos. De toda la variopinta china, los enemigos se pueden contar con una mano. Y no exagero:


1- Cambio y fuera…de servicio: nuestro primer enemigo o mejor, enemiga, fue la recepcionista del hostal de Hong Kong. Necesitábamos comunicarnos con Julio y Cristina, pero el teléfono público del hostal sólo recibía monedas. La recepcionista, muy amable, me dijo al principio que no tenía cambio. Una vez le señalé el cajón que rebosaba de monedas a su lado, me cambió el billete de mala gana, hablando en chino, mientras su compañero se ría de lo que estaba diciendo. Seguro estaban comentando cuánto apreciaban a los latinoamericanos.

Al final decidí, en un acto de hombría, pedirle prestado el internet a esta acuñadora de desgracias. Ella me dijo que lo usara sin problemas. Cuando estaba sentado accediendo a mi correo, ella llegó corriendo a poner un letrero de “fuera de servicio” en la pantalla, mientras yo trataba de explicarle que el computador sí servía.

Me enfureció que se creyera profeta de las reparaciones, por lo que le reclamé enfático. Tan enfático que ella decidió ponerle otro letrero de “fuera de servicio” al teléfono que aún podía utilizar.

Me fui indignado a buscar un baño, sin preguntar dónde quedaba pues me daba miedo que la vaticinadora de lo averiado llegara a interrumpirme poniendo letreros de “fuera de servicio”.

2- Caldeando los ánimos: Intentando subir a la montaña de Huangshan nos encontramos con la reina de la maldad. Nuestra peor enemiga, sin lugar a dudas. Era la única estación antes de subir a la montaña y la temperatura nos tenía a todos con el ánimo congelado. Decidimos entrar en el único sitio con greca de agua caliente y amablemente pedimos que nos llenaran de agua caliente unas tazas de café instantáneo que habíamos comprado.

Sin necesitar vajilla ni atención, la encargada de la parada decidió pedirnos 10 Yuanes por taza (unos 8 dólares por el agua de todos). Mientras discutíamos la propuesta, entraron varias personas a servirse agua caliente en cantidades suficientes como para mantener piscinas de aguas termales.

Indignados, no accedimos a pagar su pretensión. Ella, siempre pronta y solícita, nos pidió a gritos que nos fuéramos del local. Nos sentamos en las únicas sillas públicas que había, las cuales, como planeado por Murphy, quedaban al frente del local. Mientras dábamos muestras de hipotermia para que esta dueña del monopolio del agua caliente se apiadara de nosotros, ella nos miraba a los ojos vertiendo recipientes llenos de agua caliente en el lavaplatos.

Fuimos, buscamos agua caliente en una tienda aledaña (la cual, por cierto, había llenado sus termos gratis en la greca de la monopolista), pagamos una suma mucho inferior y disfrutamos de un café caliente pero miedosamente horrible. Eso sí, el café nos lo tomamos al frente de nuestra enemiga. Ella, entre tanto y entre dientes, no sabía dónde más desperdiciar agua caliente para mostrarnos su opulencia. Al final, optamos por dejarle un par de recuerdos muy latinos….

sábado, 20 de diciembre de 2008

El encuentro en Hong Kong

El día que estuvimos en Singapur fue como un spa. Estábamos un pelo cansados y el apartamento de Miguel y Camila, donde nos quedamos, fue lo mejor que nos pudo pasar. Estuvimos casi todo el siguiente día con Fernando, Blanca y su guatón, y viajamos tranquilitos Singapur-Shenzhen.

Shenzhen fue dormir nada más, y enterarnos que lo de la comunicación va a estar difícil. La gente no concibe que uno no sepa hablar chino, por lo que le repiten las cosas en cantonés o mandarín cien veces, lo dicen lentico, como si uno fuera a entender por eso.

Nos encontramos con Miguel, Camila, Diego y Lina en Hong Kong tras los mayores obstáculos posibles de la comunicación. Hong Kong es autónomo, hay que cruzar fontera y pasar aduana para llegar, aunque se hace por el subway, uno se baja a que le sellen el pasaporte y sigue. También tiene otra moneda distinta al Yuan chino, el dólar de Hong Kong.

Nos encontramos en una estación de subway y nos fuimos a subir el teleférico para ver la estatua del buda gigante (les debemos las fotos). De ahí a caminar por Hong Kong, donde por cualquier cosa a uno le cobran el equivalente a un riñón en el mercado negro, qué ciudad tan cara.

El clima estaba fresco hacia frío, pero nada desagradable. El problema era la bruma, que no dejaba ver de lejos. O tal vez era smog, pero Miguel repitió tanto que era bruma del mar que nos lo creímos al final.

El hostal estaba lejísimos de la ciudad y tenía un número limitado de autobuses para llevarlo a uno a la civilización, pero era bastante cómodo. Nos hicimos miembros de Youth Hostel International, que tienen hostales buenos y a precios decentes en toda China y en 40 países, lo cual facilita mucho la búsqueda de hostal. Nada más en Beijing hay 10 hostales de esa cadena, desde uno a media cuadra de la ciudad prohibida, bastante caro. hasta uno cerca del aeropuerto y con un baño para cada 40 huéspedes, mucho más barato por razones obvias. Al final nos vamos a quedar en los rangos medios, parece.

El siguiente día en Hong Kong pretendíamos caminar por varios lugares importantes, como Happy Valley, donde está un establo y pistas de equitación muy famosas (usadas en Beijing 2008). La idea era dejar los morrales en un locker junto al subway y en la tarde tomar el ferry a Macau, donde Patricia y Guillermo (los primos de Cris, ¡mil gracias!) nos prestaron su apartamento.

El plan salió mal cuando metimos tres morrales en un espacio en que solo cabía uno y apretado. La puerta se trabó con los tres morrales adentro. Perdimos tres horas en rescatarlos, a pesar del uso de trenzas de zapato y tarjetas estudiantiles. Al final nos dio tanta rabia que nos fuimos de una vez a Macau. Creo que fue lo mejor que pudimos hacer.
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domingo, 14 de diciembre de 2008

Los últimos días en Sri Lanka


Los últimos días en Sri Lanka nos lo tomamos con calma. La playa de Unawatuna nos ayudó a relajarnos. Conocimos a un chamo de Liverpool, Joseph, que había viajado en tren con los serbios que estuvieron con nosotros en Horton’s Plains. Joseph se agarró unas vacaciones de once meses luego de trabajar como chef por cinco años sin un solo break, al menos eso desciframos porque hablaba bastante rápido y con un acento demasiado pesado. Cuando nos preguntó nuestros planes sobre los días que nos quedaban en Sri Lanka nos dimos cuenta de que no teníamos. Mejor.


Nos bañamos en la playa, alquilamos una moto y recorrimos Galle, que es patrimonio cultural de la humanidad según la UNESCO, fuimos a un par de templos budistas en la orilla de la playa, hablamos con los locales. El vuelo salía el domingo a las diez veinte de la mañana, así que decidimos irnos a Colombo en tren el sábado en la tarde. Todo con calma.


La noche del viernes era Poya Day, luna llena. Comimos excelente en la orilla de la playa, Cris pidió un arroz con pescado que estaba muy bueno. Sin embargo, no fue lo mejor para su estómago. Al siguiente día, en el tren, menos mal que estábamos en la puerta del vagón cuando Cris devolvió el arroz. Afortunadamente le ofrecieron un puesto en la ventana y durmió tranquila casi las tres horas de tren por la costa. Yo estuve colgado de la puerta junto a otros cuatro o cinco personas, viendo a las parejitas cubrirse con un paraguas en los rompeolas para que no noten cómo se besan, y viendo los caseríos de tamiles en la zona del tsunami.


Llegamos a Colombo a las cinco y media del sábado. La tensión se siente en el aire todo el tiempo. Hay militares cubriendo cada esquina y deteniendo al azar algunos de los miles de tuktuks que no paran de tocar corneta por las calles. Nuestro hotel era limpio, pero estaba cerca de una zona militar y no permitían tomar fotos de las torres que estaban al lado, las más altas de Sri Lanka.

Colombo lo vimos muy por encima, pero por la tensión que se siente no provoca conocerla demasiado. Se está mejor en el interior del país. Volamos de regreso a Singapur y ya estamos preparando todo, pues el lunes volamos a Shenzhen, China. Miguel, Camila, Diego y Lina ya están en Hong Kong esperándonos.

jueves, 11 de diciembre de 2008

El dilema norte-sur

Enfermos en el pueblito de Ella nos tocaba decidir qué hacer, viajar seis horas hasta las playas del sur, supuestamente muy hermosas, pero playas como en muchos otros sitios, o tomar un bus de doce horas hasta Sigiriyi, un poco más al norte, donde hay algunos de los sitios arqueológicos más importantes del budismo. Hay una montaña de paredes de piedra lisa llena de pinturas budistas del siglo V y desde allí se puede ir hasta algunas ruinas de templos construidos en el siglo VII. Entonces: playa, como tantas otras, o ruinas únicas en el planeta. Claro, también estaba el tema del viaje, seis (a la playa) o doce horas (a las ruinas) en bus sin puesto asegurado. Agreguemos el resfriado, el cansancio acumulado y el hecho de que en menos de una semana tomaremos otro avión para China, donde pasaremos casi un mes mochileando con Miguel, Camila, Diego y Lina. Todo indica a la solución más sencilla, irse a la playa a relajarse por unos días.


Nos vinimos a Unawatuna, la playa más común para mochileros en Sri Lanka. La bahía es hermosa, con varios tonos de turquesa y azul oscuro, y la nota es relajarse. Hay un templo budista, ofrecen clases de meditación (un alemán que conocimos las da gratis) y casi todos los restaurantes son vegetarianos, incluso Vegan.

El primer día fue de buscar hotel. Caminarnos toda la playa con los morrales encima y decepcionamos a decenas de conductores de tuktuk por no montarnos con ellos. Terminamos en un hotelito bastante limpio en una esquina, a media cuadra del mar y pagando lo menos que hemos pagado en el viaje. Cenamos a la orilla de la playa (nada barato pero excelente atún) y dormimos como los dioses en la cama con mosquitero, por casi trece horas corridas. Yo amanecí perfecto, como si nunca hubiese tenido un resfriado, aunque Cris sigue con la nariz un poco tupida.


Hemos pasado el segundo día en Unawatuna en un restaurante Vegan donde el dueño hace comida mexicana, italiana, india, sri lankesa, española y árabe, toda en versión vegetariana. No ha parado de llover en todo el día, así que nos tocó refugiarnos, leer un rato, aprender juegos de mesa locales con los hijos del dueño y jugar con los perros (lo que a Cris no le causó mucha gracia). Ah, claro, y escribir posts para el blog.

Enfermos en Ella

Llegamos a Ella y la pareja de ingleses tenían una van esperándolos, así que el australiano con la alemana y Cris y yo aprovechamos de sortear los cientos de conductores de tuktuk con sus ofertas magníficas y nos fuimos en la van. Terminamos en un hostal al que había que entrar cruzando un puente sobre un río y subir más escaleras que al último rancho de Petare (aunque, afortunadamente, la habitación no estaba nada mal). El dueño del hostal era un viejito budista que tenía plantaciones de miles de hierbas, raíces y frutas, varias de las cuales probamos. El señor es famoso por sus conocimientos botánicos, lo cual fue muy conveniente para el resfriado que ya estaba bien avanzado. Esa noche me dio fiebre, y ni el té de jengibre ni el mentol ayuvédico me ayudaron mucho. Mejor estuvo el NyQuill, que me drogó y me durmió sin que me enterara de nada. Cris, aunque con la nariz tupida, estaba mejor.

Horton's Plains con los serbios






Desde el hotel en Nuwaraeliya cuadramos un viaje para Horton’s Plains, un altiplano que está casi a tres mil metros sobre el nivel del mar desde donde hay unas vistas impresionantes y se ha mantenido bastante bien la fauna salvaje. Compartimos el jeep con una pareja de serbios muy conversadores (muy, muy, muy conversadores) y un francés (a quien no parecía agradarle tanta conversa y se separó del grupo la mayor parte del tour).


La caminata duró unas tres horas, y pudimos ver numerosos venados, algunos bastante cerca. Vimos huellas de leopardo en varias partes y también su pupú, el cual era reconocible porque estaba lleno de los pelos del animal que se comió. Al final vimos unos monos con barba blanca.

La primera parada fue en un barranco de más de quinientos metros, al que le dicen Mini World’s End (el mini fin del mundo). La neblina estaba muy espesa y casi no pudimos ver el barranco hacia abajo, pero los instantes en que se abría un hueco en la neblina lo siguiente que se veía estaba bien lejos. Luego se llega al verdadero World’s End, desde donde el barranco es de setecientos cincuenta metros y se puede ver un pueblito abajo como en google earth. Después de subir un cerro por un caminito mínimo entre eucaliptos, espinas y huellas de leopardo, se llega a una catarata frente a la cual construyeron una plataforma para tomar fotos.


De regreso nos llovió sin parar, al menos cuarenta minutos.

Llegamos emparamados al jeep y, luego de oír la historia bélica de los Balcanes (que no es cosa breve), nos dejaron en la estación de tren de Pattipola. Desde allí nos fuimos a Ella, y llegamos un poco resfriados aunque con otras dos parejas de mochileros (un australiano enorme con su novia alemana y una pareja de ingleses).

Té, tamiles y singaleses



La tarde en que llegamos a Nuwaraeliya nos llevaron a Pedro Estate Tea Plantation, una procesadora de té en donde nos mostraron todo el negocio. Aparentemente, los que trabajan en las plantaciones son en casi todos tamiles, la minoría étnica más importante de Sri Lanka. Usualmente, un trabajador gana doscientas rupias diarias, como dos dólares. Trabajan bajo sol y lluvia, seis días a la semana, haciendo labores pesadas. Las mujeres arrancan las hojas de té, las colocan en bolsas que les cuelgan de los hombros o la cabeza, y cuando las llenan las llevan a la planta de tratamiento. Los hombres tienen hoces y tienen que cortar las raíces de las plantas que ya están viejas y plantar nuevas. En la planta hay muchos trabajos por hacer, la mayoría de los cuales involucran secar las hojas, para lo cual usan fuego, así que es normal que se prenda en candela una parte de la planta y en todos lados hay tobos de agua listos para apagar los incendios repentinos (no dejan tomar fotos dentro de la planta).


Los tamiles vienen de Tamil Nadu, al sur de la India. Entre los siglos V y XII, cuando Sri Lanka era un pujante reino budista, importaban tamiles para que hicieran los trabajos pesados que los singaleses (la mayoría étnica local) no querían hacer. Los tamiles son hinduistas y hablan tamil, distinto al singalés y al budismo mayoritario, por lo que entre ellos no se entienden. El inglés es el idioma de conexión y no todos lo hablan. Cuando los colonos llegaron (primero los portugueses, luego los holandeses y por último los ingleses), hacían lo mismo que los reinos antiguos, importar tamiles como esclavos. Así, Sri Lanka se pobló de tamiles que eran racialmente segregados. Hoy en día, en el norte de Sri Lanka hay mayoría tamil, y en lugares como Jaffna han tomado el control y solicitado independencia, por lo cual llevan algunos años en guerra. Los Tigres Tamiles (LTTE) es el grupo armado que pretende independizar una región del norte de Sri Lanka donde los tamiles administren el gobierno. Las negociaciones no han ido muy bien, pero el conflicto se mantiene en el norte, sin impactar demasiado el turismo del sur.