Desde el hotel en Nuwaraeliya cuadramos un viaje para Horton’s Plains, un altiplano que está casi a tres mil metros sobre el nivel del mar desde donde hay unas vistas impresionantes y se ha mantenido bastante bien la fauna salvaje. Compartimos el jeep con una pareja de serbios muy conversadores (muy, muy, muy conversadores) y un francés (a quien no parecía agradarle tanta conversa y se separó del grupo la mayor parte del tour).
La caminata duró unas tres horas, y pudimos ver numerosos venados, algunos bastante cerca. Vimos huellas de leopardo en varias partes y también su pupú, el cual era reconocible porque estaba lleno de los pelos del animal que se comió. Al final vimos unos monos con barba blanca.
La primera parada fue en un barranco de más de quinientos metros, al que le dicen Mini World’s End (el mini fin del mundo). La neblina estaba muy espesa y casi no pudimos ver el barranco hacia abajo, pero los instantes en que se abría un hueco en la neblina lo siguiente que se veía estaba bien lejos. Luego se llega al verdadero World’s End, desde donde el barranco es de setecientos cincuenta metros y se puede ver un pueblito abajo como en google earth. Después de subir un cerro por un caminito mínimo entre eucaliptos, espinas y huellas de leopardo, se llega a una catarata frente a la cual construyeron una plataforma para tomar fotos.
De regreso nos llovió sin parar, al menos cuarenta minutos.
Llegamos emparamados al jeep y, luego de oír la historia bélica de los Balcanes (que no es cosa breve), nos dejaron en la estación de tren de Pattipola. Desde allí nos fuimos a Ella, y llegamos un poco resfriados aunque con otras dos parejas de mochileros (un australiano enorme con su novia alemana y una pareja de ingleses).
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