La última vez que Cris estuvo en Venezuela voló por Air France, por lo que el vuelo hizo una conveniente escala en París. Como en Singapur no se consigue nada venezolano, lo que trajera Cris de allá valía su peso en oro. Nueve kilos de harina pan y múltiples arepadas latinas (de la Felasiho, más propiamente) pueden dar fe de ello.
Entre mis encargos (luego del ron) había cocosettes. Cris trajo unos cuantos en su maleta de mano (aparte de una cachapa con todo y queso de mano) y estuvieron varias horas en el Museo del Louvre (viajeros y cultos). Luego de entregar el apartamento por diciembre y tras la ayuda invalorable de Fernando, le ofrecí el último cocosette, pero el caballeroso chileno lo rechazó y lo puso en un bolsillo de mi morral. No me acordé de nuevo del cocosette sino hasta que la mañana siguiente en un hotel en Negombo, Sri Lanka.
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